viernes, 21 de noviembre de 2008

Obama y el triunfo del mestizaje

Tomado originalmente del diario EL UNIVERSO. Escrito por Martín Santiváñez Vivanco, director del Centro de Estudios para América Latina de la Fundación Maiestas.

http://www.eluniverso.com/2008/11/21/0001/21/D3BEB959CA5E4FE5ADDC4591132D2FCB.html

A Manolo, el dueño del comercio donde compro tarjetas para llamadas internacionales, le fascina Barack Obama. Mientras pago por una “Azul” para comunicarme con el nuevo mundo, me dice, sonriente, que día a día conversa con decenas de inmigrantes que le recuerdan al hawaiano. “Por majos y trabajadores”, sentencia. Yo, por supuesto, le creo.

Aunque no comparto muchas de las premisas ideológicas con las que Barack Obama accede a la Casa Blanca, reconozco el enorme mérito de su triunfo. Con Obama en el poder, millones de seres humanos a lo largo y ancho de la tierra han alcanzado, tras un largo periplo por el desierto, una conquista épica de dimensiones impenetrables. De todas las aberraciones posibles, el racismo es una lacra que ha rebajado a la humanidad al darwinismo social más espantoso. Que un mulato dirija los destinos de este mundo sentado cómodamente en el despacho oval va más allá de la política pedestre y alevosa. Estamos, por fin, ante un caso de metapolítica pura y dura. Desde hace décadas tenemos mestizos en el poder desperdigados por todo el mundo, elegidos democráticamente o aupados por el fusil. Pero con Obama en la Casa Blanca, se forja una nueva frontera. Roma, por fin, ha sido tomada. Y la periferia no tardará en caer.
El mundo se dirige a paso firme hacia el mestizaje. En el futuro, todas las sangres confluirán en un solo torrente impetuoso, gracias al mar de la globalización. Obama es el hijo de la fusión. Como Latinoamérica. Más que pertenecer a una etnia concreta, el nuevo Presidente de los Estados Unidos forma parte de esa raza cósmica que vislumbró el mexicano José Vasconcelos. Así, esta mezcla continua y creciente ha dado como resultado una auténtica síntesis universal, un hecho que nos condiciona a todos y que hoy, merced al triunfo demócrata, se apunta su más importante conquista política.

En España, la síntesis viviente terminará por consolidarse. Cinco millones de inmigrantes vivimos y trabajamos en esta tierra. Negarnos los unos a los otros solo retrasará un hecho indetenible. Hay millones de Obamas caminando por las grandes urbes y los villorrios más escondidos, en Madrid y Barcelona, en Bilbao y Sevilla, en Usera y en Ujué. En todas partes. La integración se implanta por ósmosis, sin necesidad de contratos demagogos, construyendo codo a codo, con los nacidos en la península, una nueva sociedad, más justa libre y solidaria. Hace unos minutos recorría las calles de Pamplona. Me topé con varios rostros idénticos al mío, agotados por el paro y la recesión. Cansados pero felices. Solo nos distingue un acento que poco a poco se va difuminando. Los valores son idénticos. Unos conversaban en voz alta, haciendo suyo el verbo ibérico y las frases propias de esta tierra. Vi, además, a un grupo de niños correteando en el parque. Jugaban a los presidentes. El más morenito –podría ser mi hijo– afirmaba ser Obama. El otro, ZP. Un chinito muy audaz azotaba a José Luis con la rama seca de un árbol. Supuse que era Bush. Hoy, basta dar un paseo por las amplias avenidas de España –ni siquiera por los suburbios– para comprobar hasta qué punto el destino de este país radica en el mestizaje.
Y será, no me cabe ninguna duda, un mestizaje total. No solo racial. También espiritual, valorativo. Como latino me siento profundamente ligado a la madre patria. Los cubanos, mexicanos y sudamericanos que viven y luchan en la hiperpotencia son tan estadounidenses como el que más y hoy, con su voto, han encumbrado a un mestizo. Con el tiempo, el voto hispano será determinante para el bipartidismo español.
Hoy, por supuesto, los partidos políticos de masas emiten señales contradictorias. Por un lado, eligen a unos cuantos extranjeros para congraciarse con el electorado y los aúpan a sus jerarquías condenándolos, de paso, al triste papel de convidados de piedra. Por otro, lanzan sobre la comunidad inmigrante amenazas de reagrupamiento y admoniciones de integración, so pena de expulsión e intolerancia. Ahora bien, ¿qué hubiese sido del partido demócrata si el padre de Obama no hubiera emigrado de Kenia? ¿Los Estados Unidos nos habrían dado esta gran lección de igualdad democrática? Como es obvio, más temprano que tarde la historia de Obama se repetirá en la península.
El patriotismo es una cuestión de voluntad y de gratitud. De corazón. No de papeles y reglamentos. Los inmigrantes tenemos un desafío por delante. Abrazar el mestizaje es el reto de nuestro tiempo. La epopeya de Obama es el triunfo de la síntesis. Y de la inmigración. Todo acabará –o empezará– cuando algún día, aquí, en España, podamos decir, como en Latinoamérica, que el que no tiene de inga tiene de mandinga. Y a mucha honra, faltaba más. Al menos sé que eso le gustaría a Manolo, el que me vende las tarjetas. ¿O no?

viernes, 7 de noviembre de 2008

De parias a héroes

La elección del senador Barack Husseim Obama, parece que no solo causa revuelo en la política y economía mundial, sino tambien en la forma en que el resto del mundo ahora ve a los norteamericanos.
Esto no es nada novedoso, pero esta genialidad de artículo, escrito por John Carlin, trata el tema.
El oiriginal fue publicado en Diario EL TELÉGRAFO, el 7 de noviembre del 2008.
De parias a héroes.
En los últimos ocho años me he encontrado en varias ocasiones con estadounidenses fuera de su país. Me han recordado a los surafricanos blancos cuando salían de viaje en tiempos del apartheid. Sentían vergüenza al enseñar sus pasaportes. Uno los conocía en un bar y a veces mentían al ser preguntados de dónde eran. Decían que eran neozelandeses o australianos.
Algo parecido ha ocurrido con muchos ciudadanos de Estados Unidos durante los años de Bush. Se han sentido parias, avergonzados de su Gobierno, conscientes de que el resto del mundo considera que la política exterior de su país ha sido una plaga para el mundo, guiada no por la madurez y la responsabilidad sino por un espíritu adolescente, paranoico, provinciano y bravucón.
Al conocer por primera vez a viajeros estadounidenses en Barcelona, en Londres o en Ciudad del Cabo estos últimos años lo habitual ha sido detectar en ellos un cierto nerviosismo defensivo. Les ha costado iniciar una conversación sin primero aclarar que ellos no votaron por Bush, que nadie en el mundo les parecía más bobo o aborrecible. Una vez recuerdo que le pregunté a un escritor de Nueva York, de unos 50 años, a quién detestaba más, a Bush o a Osama Bin Laden. Más que ofendido, respondió con rabia. “Are you kidding? Are you kidding?” ¿Estás bromeando? ¿Estás bromeando? No lo estaba, le confesé, un poco aturdido por lo que de repente entendí haber sido el mal gusto de mi pregunta, ya que había transcurrido menos de un año desde el ataque a las Torres Gemelas de su ciudad. Pero no. Me había equivocado. Su respuesta a mi pregunta, tan obvia como correcta para él, era que detestaba mucho más a su presidente que al terrorista.
Hoy esta misma gente, de la que el señor neoyorquino representaba quizá una excesiva caricatura, se siente profundamente orgullosa. Sienten que han emergido de un largo, oscuro y sucio túnel a la luz cristalina del día. Algo parecido a lo que sintieron muchos surafricanos blancos cuando Mandela ganó las elecciones presidenciales de 1994. Varios comentaristas han sugerido que la victoria presidencial de Barack Obama representa “el momento Mandela” de Estados Unidos. Con lo que quieren decir que, de golpe, un amplio sector de la población norteamericana ha reemplazado una opresiva sensación de culpa con una euforia liberadora.
Es un doble triunfo el que están saboreando hoy. Primero, el haber expulsado a los fundamentalistas republicanos de la Casa Blanca. Segundo, el haber elegido como presidente a un hombre que no solo es patentemente brillante, medido y carismático, sino que es negro de padre africano. Una declaración de intenciones más elocuente, una manera más optimista y tajante de cortar con el pasado reciente, imposible.
Ahora serán los que no votaron por Obama los que mentirán cuando viajen al exterior. Dirán que sí lo hicieron.