Publicado en el UNIVERSO el 24 de octubre del 2008, escrito por Franklin Ramírez, profesor de la FLACSO. Nos explica claramente como se puede mezclar la democracia participativa con la representativa.... Una pequeña lección para los incrédulos.
El original puede encontrarse en:
http://www.eluniverso.com/2008/10/24/0001/21/F635AD7630BD4E9E87E6996F898E9875.html
HIPERELITISMO
Para los sectores radical-democráticos la reciente ratificación constitucional del régimen presidencialista ha sido una frustración. Durante las deliberaciones constitucionales de 1998 la izquierda postuló al menos la necesidad de un modelo semipresidencialista.
Su planteamiento fue largamente desoído.El presidencialismo de Montecristi está atravesado, no obstante, por un elemento que lo diferencia de modelos anteriores: la posibilidad de los ciudadanos de revocar el mandato del mismísimo Presidente. Se trata de uno de los dispositivos de democracia directa –cuando los ciudadanos participan en la vida política sin intermediación de sus representantes– que contempla la nueva Carta Magna.
Los otros son la iniciativa popular normativa (proponer leyes), el referéndum o la consulta popular. El texto fija también instancias de democracia participativa o deliberativa –consejos de planificación, veedurías, etcétera– que ponen en interlocución a la sociedad con las autoridades (lo que las diferencia de la democracia directa) para procurar la incidencia ciudadana en la toma de decisiones y en el control social del Estado.Los sectores radical-democráticos ven aquí una opción de gran potencial emancipatorio. El liberalismo se aterra: en su concepción elitista de la democracia, la participación vuelve ineficiente la administración pública y obliga a los representantes a gobernar junto al pueblo.
Luego de las movilizaciones sociales globales de los años sesenta y setenta, los neoconservadores diseñaron una serie de reformas para contener tal furor ‘democrático’. Se trataba de evitar la politización de las demandas sociales (por lo que se trasladó su procesamiento del Estado al mercado), desplazar la movilización social hacia el voto, y fijar el poder decisorio en unas élites dirigentes seleccionadas cada tanto.
Los enfoques de la gobernabilidad, que redujeron el espacio democrático a los pactos entre partidos escindidos de lo social, impregnaron desde entonces cualquier agenda de reforma política. La Constitución de 1998 bebió de esas tesis.Tales sectores califican como ‘primitivismo participativo’ al conjunto de mecanismos de participación diseñados en Montecristi. No dejan de tener razón: para los primitivos atenienses la democracia se realiza cuando los ciudadanos ejercen real y directamente el poder. Su crítica es, sin embargo, más arrogante: pretenden que el liberalismo es la única fuente normativa de la democracia y que el gobierno representativo expresa en su más alto sentido a la política moderna.
En el pensamiento republicano y socialista, filosofías también portadoras del proyecto democrático, el buen gobierno depende de la implicación cívica de una ciudadanía preocupada con el bien común, el ideal de autogobierno y el control popular de la cosa pública. Representación y participación no se oponen. Su articulación reduce más bien la muy probable autonomización de los gobernantes con respecto a los gobernados.Aunque la participación popular no se decreta, es indudable que en la Constitución hay un germen de democracia radical que solo encontrará su realización en las prácticas efectivas de ciudadanos y colectivos. Al negar tal probabilidad, los neoconservadores se acercan al ‘soberano’ que, dicen ellos, nos gobierna: confían más en el voto que en la organización social.
* Sociólogo. Profesor de FLACSO-Ecuador.
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