viernes, 20 de junio de 2008

Fronteras elásticas en la sociedad del miedo

Artículo publicado en la Revista Pueblos, escrito por Aloia Álvarez Feáns, que nos recuerda las políticas de migración implementadas recientemente por la Unión Europea. Y como las falacias de libertades absolutas se restringen al capital, bienes y servicios.
Los llaman Acuerdos de Asociación Económica, los adornan con palabras como intercambio, solidaridad, cooperación; y nos dicen que a todos benefician: ricos, pobres, europeos, africanos, asiáticos y latinoamericanos. El discurso neoliberal es tan inteligente en su estrategia de autolegitimación que resulta difícil no confiar en las buenas intenciones que de él emanan, máxime si ese discurso se disfraza a la europea. Los políticos y empresarios de uno y otro lado se dan la mano como iguales pretendiendo hacernos creer que juntos capitanean el barco del progreso, en el que cabemos todos. Luego, en otra página del periódico, en otro canal de televisión, otro día cualquiera, cualquier político de la Vieja Europa nos recuerda que en realidad cada cual maneja el suyo, que en el nuestro ya no sube nadie más y que todos estamos conminados a defenderlo con uñas y dientes.

Flores de Colombia, bananos de Ecuador, papayas de Guatemala y anacardos de Senegal; un paraíso tropical a la vuelta de la esquina. Bendita sea la libertad de mercado que satisface nuestras exóticas necesidades. En esta era del libre comercio, las fronteras se diluyen para que frutas y otros productos alimenten nuestros voraces estómagos, por eso cualquier establecimiento de alimentación europeo es hoy un crisol gastronómico. Pero no sólo gastronómico, a uno y otro lado del mostrador las fisonomías también parecen importadas: ojos rasgados, pieles oscuras...

¿Qué está pasando? Los que tienen el poder de la palabra amplificada no nos explican la conexión entre los dos fenómenos, no nos dicen que para poder hacer una rica ensalada de frutas tropicales tendremos que aprender a convivir con el ecuatoriano y la colombiana a quienes robamos el sustento con guante blanco. Es más, nos hacen creer que son ellos los que vienen a robarnos, a amenazar nuestro nuestro presumible estado de bienestar, legitimando así nuestras actitudes de rechazo e intolerancia hacia el otro, el extranjero.

El pasado 14 de abril, Silvio Berlusconi recuperaba el poder perdido dos años atrás en el gobierno italiano. Sus primeras declaraciones, una vez conocidos los resultados de las elecciones presidenciales, se dirigieron a tranquilizar a su electorado ante la que parece ser la principal amenaza a su seguridad: "Cerraremos las fronteras del país y estableceremos más campos [de detención] para identificar a los extranjeros sin empleo". Dos meses antes, durante la campaña electoral española el líder del principal partido de la oposición, Mariano Rajoy, prometía a sus votantes que de alcanzar el poder (lo que finalmente no sucedió) su partido crearía un contrato que los inmigrantes que se instalasen en territorio español deberían firmar, comprometiéndose a seguir una “guía de buenas costumbres” para integrarse adecuadamente en la cultura española. Al día siguiente, un importante cargo de este mismo partido defendía ante los medios de comunicación la propuesta, argumentado que "la mano de obra inmigrante no es cualificada. Ya no hay camareros como los de antes". Y éstas son sólo dos ínfimas muestras de lo que sucede a diario en todos y cada uno de los países de una Unión Europea en plena expansión comercial.

El racismo y la xenofobia en aumento

Una línea imaginaria grabada a sangre y fuego en el inconsciente colectivo. Eso es lo que marca la diferencia entre tú y el otro, nos han dicho. Cualquier parecido que te encuentres con él es un espejismo; tiene cuerpo y mente como tú, sí, pero es más negro, o más pobre, o grita y gesticula demasiado. Así que un buen día, al salir de tu trabajo, que apenas te da para sobrevivir, decides dejarle claro a esa “sudaca” que viaja en “tu” vagón del metro que éste es “tu” país, que si tú no comes, ella tampoco. Y lo haces avalado por tu propio gobierno, por el periódico que ni siquiera lees, por tu compañero en las gradas del estadio de fútbol.

El pasado 7 de octubre una menor de nacionalidad ecuatoriana sufría los golpes e insultos de corte xenófobo que un joven español le propinaba en un transporte público, mientras ella simplemente dormitaba en su asiento. De vez en cuando, casos como éste consiguen romper el filtro mediático y se cuelan de lleno en lo que los medios consideran la “actualidad”, pero éstos son sólo la punta del iceberg. En el Estado español, por ejemplo, el citado es sólo uno de los 4.000 casos de ataques racistas que se producen anualmente, según el último informe de la sección española de Amnistía Internacional, agresiones que permanecen en la oscuridad “porque el gobierno no publica los datos oficiales de estos delitos, algo que sólo ocurre en otros cuatro países de la UE”. Esta “desgana’ de las autoridades”, en palabras de Esteban Beltrán, director de la organización, “ha hecho que España esté a la cola de Europa en la lucha contra el racismo y la xenofobia y que sea de los pocos países europeos sin un organismo nacional ni un plan contra esta clase de agresiones” [1].

De todos modos, en los países que sí cuentan con estos organismos la situación dista mucho de ser ideal. Las conclusiones del informe de 2007 de la Comisión del Consejo de Europa contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI) en este sentido son desalentadoras: la xenofobia y el racismo se acentúan en todas las sociedades europeas. En el informe se señala que los discursos políticos de los líderes europeos son el caldo de cultivo para la propagación de ideas xenófobas en la población porque "refuerzan los prejuicios" y avivan "el miedo de la gente a que se derrumbe su modelo de sociedad o a perder su trabajo". Y estos discursos son el pan nuestro de cada día en los medios de comunicación, con una réplica directa en nuestras calles, nuestros bares y nuestras escuelas.

Dice el sociólogo Zygmunt Bauman que "el miedo es más temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin anclas, sin hogar ni causa nítidos; cuando nos ronda sin ton ni son; cuando la amenaza que deberíamos temer puede ser entrevista en todas partes, pero resulta imposible de ver en ningún lugar concreto" [2]. Según la Organización Internacional de Migraciones de la ONU, los latinoamericanos que han salido de sus países en los últimos 10 años son jóvenes, con niveles altos de educación y con altas posibilidades de encontrar trabajo en Europa. Sin embargo, los prejuicios y estereotipos de signo contrario han calado hondo en la opinión pública europea haciéndola cómplice de un racismo institucional que en mayor o menor medida define la Europa de hoy.

Frontera: esa línea elástica sobre la que nuestras mentes hacen equilibrismos un día sí y otro también. Desde el origen de la especie humana nos ha servido para construirnos en oposición al otro, para autopercibirnos como parte de “esto” y no de “aquello”, para dar sentido a nuestro estar en el mundo. Lo bueno y lo malo, lo mío y lo tuyo, lo inocuo y lo peligroso. En función de las realidades o ideas que delimite puede estar más arriba o más abajo, más a la derecha o a la izquierda, pero siempre hay un límite que no se debe traspasar y los artífices de la globalización neoliberal en marcha se encargan de ayudarnos a diario a saber colocarlo en el lugar exacto. El libre mercado se expande por el mundo en proporción inversamente proporcional a la universalización de los derechos. Nos convencen de que éste es el único modelo posible. Y es que, claro, hay fronteras y fronteras.

Aloia Álvarez Feáns forma parte del Consejo de Redacción de Pueblos. Este artículo ha sido publicado originalmente en el nº 431-432 de América Latina en Movimiento, un monográfico titulado: "Unión Europea y Caribe: 500 años después", mayo de 2008.

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